Padre Imanol: 50 años de alabanza

Nuestros Sacerdotes | 21-07-2010 | 1888 visitas
Padre Imanol: 50 años de alabanza

El padre Imanol Larrínaga, sacerdote de nuestra parroquia y Vicario General de la diócesis de San Martín, sonríe mientras busca las palabras para expresar lo que siente en sus bodas de oro sacerdotales: al fin las define como “un gozo”, una “gracia”, “un sueño” que era incapaz de pensar cuando terminó sus estudios en la Universidad de Salamanca, pero también se preocupa por remarcar que no se cree nada, no se apropia nada, e insiste en que a lo largo de su vida siempre ha tenido presente que es Dios quien lo lleva adelante.

“Para mí lo importante ha sido poner como base de mi vida el `Cantar eternamente la misericordia de Dios´ (salmo 88). Y esto ha supuesto entender mi propia persona solo desde la misericordia de Dios. Son 50 años, sí, pero lo estoy viviendo cada día”, explica.

“Pienso en esa frase de San Agustín: `Canta y camina´. A medida que uno canta la misericordia del Señor va también caminando dentro de esa experiencia. La vida es más rica y te hace a ti mismo no creerte nada, no apropiarte nada”, enseña.

Imanol, de 74 años, nacido en Ondárroa (España), asegura que siempre supo, en todos los sitios en los que estuvo, que era Dios quien lo guiaba: en Roma, donde estudió la licenciatura en Teología y en Sagrada Escritura, o en las distintas comunidades de España donde residió; cuando fue profesor, secretario, y más tarde Vicario y Prior Provincial; y también después, “cuando menos lo esperaba”, al ser destinado a la Argentina (2003).

“Siempre, en cada una de esas circunstancias, ha sido dejarme guiar por esa Providencia”, reitera.

Sobre el comienzo de su vocación, el padre señala que, si llegó a ser sacerdote, fue porque primero fue Agustino Recoleto. “Gracias a la orden, soy lo que soy”, subraya sin dudar.

Recuerda que entró al seminario con tan solo 14 años, algo que “era costumbre entonces”, ya que era “una realidad muy distinta” a la actual, y que hoy sería impensable.

Admite que hoy se vive un momento mucho más secularizado -“un paradigma muy distinto”, lo llama él-, donde “la gente se bambolea mucho más, se deja llevar adelante por un gobierno, o por los medios de comunicación”.

“El sacerdocio –comenta-, incluso externamente, antes era muy respetado por la gente. Ahora eres uno más. El otro día me lo decía el obispo. Ahora entras a cualquier sitio y la dependienta joven te pregunta: ¿Qué va a llevar, señor? Y eso que uno lleva puesto el traje eclesiástico, con alzacuellos. Antes era: ¿Cómo le va, padre? Ahora eres un “señor”, uno más entre tantos”.

En el comentario se deja ver su asombro, pero él disminuye su importancia. “Es una realidad distinta”, reflexiona. Reconoce que eso lo descoloca a veces un poco, pero no en lo esencial. Porque, en el fondo, se pregunta: “Dios ¿qué nos pide? Ser testigos. Sin más. Dar una respuesta desde ese testimonio a una situación real. Y la realidad es así. No la podemos inventar”.

“Es una cultura distinta” que exige “crear una atmósfera distinta”, dice. “Ya no podemos caminar con estructuras para las cuales antes teníamos respuestas. Hoy esas estructuras a lo mejor están obsoletas”, advierte.

“Por ejemplo –dice- reiniciando una misión continental. No esperar que la gente venga aquí, sino ir al encuentro de la gente. Crear pequeñas comunidades. Dar a la vida un sentido mucho más dinámico. Atraer a todos, porque Dios es un Padre de todos”.

“Eso exige una formación continua –advierte-. Abrir bien los ojos a la realidad. No tener miedo. Y tener mucha humildad. No condenar a nadie”.

Después de todo, dice, “el sacerdocio, una vida religiosa, te hacen pensar: ¿lo importante es la fecundidad o la fidelidad? Primero sé fiel. Después Dios dirá”.

El padre Imanol no solo se entusiasma con ese desafío sino que sigue alimentando otros proyectos. “Yo digo que a estas horas no puedo vivir ya de ilusiones, pero no puedo vivir sin ilusión”, se ríe.

Cuenta que próximamente viajará a Granada para el inicio del Capítulo General de la orden el próximo 4 de octubre, que tiene como “uno de los puntos fundamentales la renovación de nuestras Constituciones”.

El padre Imanol, que hace mucho tiempo que trabaja sobre la espiritualidad agustiniana, se ha especializado en las Constituciones de la orden y por eso fue escogido como miembro de una comisión técnica que se está encargando de la reforma de los textos legislativos.

“La parte legislativa necesita un cambio. Porque nuestras Constituciones empezaron a reformarse después del Concilio Vaticano II, pero en 1983 vino el Nuevo Código de Derecho Canónico. Y entonces necesita acomodarse un poco más a eso, y a las circunstancias de hoy”, opina.

“La comisión técnica que integro le pide su opinión a muchos religiosos. Parte del trabajo se hizo en agosto pasado. Ahora, últimamente, hubo un acercamiento a los canonistas para que nos dieran sus propias respuestas. Entonces yo he ido copiando, ordenando, clarificando las observaciones que nos hicieron llegar. Ahora llevamos al Capítulo General todo ese material”, indica.

Mientras tanto, Imanol sigue estudiando. Sonríe al definirse como un “ratón de biblioteca” y cuenta que su mayor interés, su afición, son las vidas consagradas de Agustinos Recoletos. Tampoco abandona la escritura. El año pasado publicó una obra sobre Tomás de Villanueva; hace unos tres meses salió el primer tomo de las obras monásticas de San Agustín, una obra colectiva que lo tiene como uno de sus autores; ahora acaba de presentar una “Semana de oración” con textos agustinianos.

Entre tanta actividad intelectual, no descuida la parte pastoral. “En estos años que llevo en la Vicaría General he tenido que aprender mucho: lo que es Iglesia, la eclesiología…”. No tanto lo que significa gobernar, sino “lo que significa servir”.

Apasionado de la música –fue organista, estudió dirección coral y canto gregoriano, y dirigió durante muchos años un coro muy grande en Madrid-, Imanol lamenta no haber podido formar un coro en la Asunción, una idea que se planteó en algún momento pero que debió abandonar al ser nombrado Vicario General de la diócesis.

Mirando hacia el futuro menciona que hay otras dos obras que lo entusiasman y espera concretar algún día. “Escribir un itinerario de vida espiritual, es decir, cómo enseñar, de verdad, un camino propio de vida agustino recoleta, y trabajar en la liturgia de las horas. Hoy rezamos el breviario. Me gustaría darle un tinte agustiniano. Hice, hace años, una especie de ensayo pero quisiera hacerlo un poco más completo. Sería una liturgia de horas agustiniana. Son dos ilusiones que tengo”, revela.

Agustín de Beitia

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