La dimensión liberadora en los Consejos Pastorales Parroquiales oar

Consejo Pastoral | 04-08-2010 | 2093 visitas
La dimensión liberadora en los Consejos Pastorales Parroquiales oar

Introducción Sentirnos especialmente agradecidos en nuestro interior: reconocemos el paso del Señor cuando, en la “intimidad de su Tienda” hayamos experimentado el perdón y la misericordia. Es la experiencia de la liberación que Dios generosamente nos concede.

Esta reflexión (que iremos publicando periódicamente) quiere invitar a situarnos en el ámbito de nuestras comunidades parroquiales que intentan caminar en busca de su propia identidad cristiana y agustino-recoleta, y esto conlleva “reactualizarla permanentemente en nuestras vidas mientras vivamos en la tensión entre lo que somos y lo que Dios quiere de nosotros”. Este texto que la provincia planteaba para este trienio, tiene una proyección muy actual sobre nuestros consejos pastorales parroquiales: encontrarnos en un “camino” con el trasfondo del “icono de la Transfiguración como el espejo en donde miremos al Maestro”.

1.- Base para la lectura y reflexión

Como texto referencial y, ojala personalizado, se toma Éxodo 33, 1-17, la “Tienda del Encuentro”. Es bueno recordar que Sinaí y la Alianza han sido la gran pausa en el camino de la liberación. Hay que abandonar la montaña sagrada, desarraigarse y continuar la mitad del camino que falta, hacia la tierra prometida. Sin embargo, el pueblo ha pecado y no ha cambiado su condición… Dios se distancia del pueblo sin alejarse del todo. Ya no va en medio, como parte del campamento y centro de convergencia. Hay que salir para encontrarlo y consultarlo. Y aquí entra en juego Moisés; él tiene acceso privilegiado desde el primer encuentro en la montaña y goza de un trato amistoso: “el Señor hablaba con Moisés cara a cara, como habla un hombre con un amigo” (Ex 33, 11). Y lo que pide al Señor es que Él enseñe a su pueblo el camino y que los acompañe en el viaje.

Con esta experiencia bíblica, fácil de personalizarla en nuestra vida personal y en la comunidad parroquial, nos encontramos ante una doble exigencia: entrar en nuestra tienda interior y escuchar. La vida nuestra, no tengamos ningún reparo en examinarlo y en decirlo, es un entramado complejísimo. Lo sabemos y experimentamos en propia carne y tal como lo experimentó el pueblo de Israel. Somos protagonistas hasta cierto punto al menos de mil peripecias que van configurándose por dentro y van dejando en nuestro ser su huella: “mi vida, Señor, es una pura disipación. Pero tu misericordia vale más que cualquier vida. Tu diestra me devolvió a mi Señor, el Hijo del hombre -Mediador entre tu unidad y nuestra pluralidad-, a fin de que, por él, pudiera asirme a aquel por quien fui asido y unirme a tu unidad, dando de lado a la disipación de los días antiguos” (Confesiones 11, 29, 39). Esta idea de Agustín es fácilmente transferible a nosotros: cada uno sabe bien, si hay un examen de conciencia y si descubre una cierta insatisfacción al comprobar que la presencia de Dios, sobre todo en el ámbito de nuestro interior, siente la insatisfacción al comprobar el desfase entre lo que es y lo que debe ser; tema que tantas veces, en un plan de árbitros inapelables, lo tratamos en nuestros consejos pastorales analizando los objetivos y la falta de adecuación de los feligreses.

Afrontar esta enorme complejidad, que antes o después nos genera sufrimiento -¡mal síntoma es quedar en la indiferencia!-, exige (¿la tengo?) una formación humana, anímica, espiritual que es siempre fruto de un entrenamiento arduo y permanente (lo tuvo Moisés). Cuando se quiere subir a la montaña y entrar allí en la tienda se llega a la convicción de la necesidad de una purificación, liberación, que la podríamos expresar como una oración en la tienda interior y ante el Señor: Hazme conocer tu designio sobre mí. Tú sabes que deseo hacer tu voluntad y por eso te pido que me hagas comprender todo lo que se opone en mí hacia esa madurez en ti. Hay algo que me aleja siempre de este proyecto. Por eso, Señor, haz que me vaya poco a poco conociendo a la luz de tu conocimiento. Tú puedes, mediante la gracia, resolver y superar en el poder de la cruz y de la resurrección los obstáculos que me impiden entrar en el núcleo de mí mismo para encontrarte en la verdad a ti. (...)

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